lunes, 13 de julio de 2026

La autoridad del docente jamás puede ejercerse mediante la violencia

 La autoridad del docente jamás puede ejercerse mediante la violencia

Por Dr. Álvaro Felipe Albornoz Pérez

Abogado. Doctor en Derecho Constitucional.

 

El reciente video difundido desde un centro educativo del departamento de Yoro, en el que una docente agrede física y verbalmente a una estudiante dentro del aula, ha causado una profunda indignación en la sociedad hondureña. Las imágenes son impactantes no solamente por la cachetada que recibe la menor, sino porque evidencian un trato humillante incompatible con la misión esencial de todo educador.

Este lamentable hecho debe llevarnos a una reflexión seria, responsable y equilibrada.

En primer lugar, ninguna conducta irrespetuosa de un estudiante justifica una agresión física o verbal por parte de un docente. La autoridad en la escuela no se fortalece mediante el miedo ni la violencia; por el contrario, pierde toda legitimidad cuando quien tiene el deber de educar recurre a la fuerza para imponerse.

Los niños, niñas y adolescentes son titulares de derechos fundamentales reconocidos por la Constitución de la República, la Convención sobre los Derechos del Niño y el Código de la Niñez y la Adolescencia. Entre esos derechos se encuentra el de recibir una educación en un ambiente seguro, respetuoso y libre de cualquier forma de violencia física, psicológica o degradante.

La escuela debe ser un espacio donde los estudiantes aprendan conocimientos, pero también valores como el respeto, el diálogo, la tolerancia y la solución pacífica de los conflictos. Resulta imposible enseñar esos principios cuando quien dirige el proceso educativo actúa de manera contraria a ellos.

No obstante, esta situación también debe servir para abrir un debate más amplio sobre las difíciles condiciones que enfrentan muchos docentes en el ejercicio de su profesión. Cada vez son más frecuentes los casos de irrespeto, agresiones, amenazas y pérdida de autoridad dentro de los centros educativos. Muchos maestros trabajan bajo elevados niveles de estrés, con escaso acompañamiento institucional y sin herramientas suficientes para el manejo de conflictos.

Reconocer esa realidad, sin embargo, no significa justificar la violencia. Todo lo contrario. Precisamente porque los docentes enfrentan desafíos cada vez mayores, el Estado debe fortalecer su formación en disciplina positiva, inteligencia emocional, resolución pacífica de conflictos y manejo de situaciones complejas dentro del aula.

La respuesta tampoco puede consistir únicamente en sancionar a la persona involucrada. Es indispensable revisar las políticas públicas de convivencia escolar para prevenir que hechos similares vuelvan a repetirse. Deben existir protocolos claros, mecanismos eficaces de denuncia, atención psicológica tanto para estudiantes como para docentes y una cultura institucional basada en el respeto mutuo.

La educación jamás puede construirse sobre el miedo. Un niño que teme a su maestro difícilmente aprenderá con libertad. Una adolescente humillada frente a sus compañeros no solo recibe un golpe físico; también puede sufrir consecuencias emocionales que la acompañen durante muchos años.

Defender los derechos de la niñez no significa desconocer la importancia de la disciplina escolar. Significa comprender que la disciplina debe ejercerse dentro del marco de la ley, del respeto a la dignidad humana y del interés superior del niño. La autoridad verdadera nace del ejemplo, del conocimiento y del liderazgo moral, nunca de la agresión.

Espero que las autoridades competentes desarrollen una investigación objetiva, respetando el debido proceso y garantizando justicia para todas las personas involucradas. Pero, más allá de las responsabilidades individuales que se determinen, este caso debe convertirse en un punto de inflexión para fortalecer una educación basada en el respeto, la convivencia pacífica y la protección integral de nuestros niños, niñas y adolescentes.

La sociedad hondureña merece escuelas donde se enseñe con firmeza, sí; pero siempre con humanidad. Porque educar no consiste en imponer por la fuerza, sino en formar personas libres, responsables y respetadas en su dignidad.