La autoridad del docente jamás puede ejercerse mediante la violencia
Por Dr. Álvaro Felipe Albornoz Pérez
Abogado. Doctor en Derecho Constitucional.
El reciente video difundido desde un centro educativo del
departamento de Yoro, en el que una docente agrede física y verbalmente a una
estudiante dentro del aula, ha causado una profunda indignación en la sociedad
hondureña. Las imágenes son impactantes no solamente por la cachetada que
recibe la menor, sino porque evidencian un trato humillante incompatible con la
misión esencial de todo educador.
Este lamentable hecho debe llevarnos a una reflexión seria,
responsable y equilibrada.
En primer lugar, ninguna conducta irrespetuosa de un
estudiante justifica una agresión física o verbal por parte de un docente. La
autoridad en la escuela no se fortalece mediante el miedo ni la violencia; por
el contrario, pierde toda legitimidad cuando quien tiene el deber de educar
recurre a la fuerza para imponerse.
Los niños, niñas y adolescentes son titulares de derechos
fundamentales reconocidos por la Constitución de la República, la Convención
sobre los Derechos del Niño y el Código de la Niñez y la Adolescencia. Entre
esos derechos se encuentra el de recibir una educación en un ambiente seguro,
respetuoso y libre de cualquier forma de violencia física, psicológica o
degradante.
La escuela debe ser un espacio donde los estudiantes aprendan
conocimientos, pero también valores como el respeto, el diálogo, la tolerancia
y la solución pacífica de los conflictos. Resulta imposible enseñar esos
principios cuando quien dirige el proceso educativo actúa de manera contraria a
ellos.
No obstante, esta situación también debe servir para abrir un
debate más amplio sobre las difíciles condiciones que enfrentan muchos docentes
en el ejercicio de su profesión. Cada vez son más frecuentes los casos de
irrespeto, agresiones, amenazas y pérdida de autoridad dentro de los centros
educativos. Muchos maestros trabajan bajo elevados niveles de estrés, con
escaso acompañamiento institucional y sin herramientas suficientes para el
manejo de conflictos.
Reconocer esa realidad, sin embargo, no significa justificar
la violencia. Todo lo contrario. Precisamente porque los docentes enfrentan
desafíos cada vez mayores, el Estado debe fortalecer su formación en disciplina
positiva, inteligencia emocional, resolución pacífica de conflictos y manejo de
situaciones complejas dentro del aula.
La respuesta tampoco puede consistir únicamente en sancionar
a la persona involucrada. Es indispensable revisar las políticas públicas de
convivencia escolar para prevenir que hechos similares vuelvan a repetirse.
Deben existir protocolos claros, mecanismos eficaces de denuncia, atención
psicológica tanto para estudiantes como para docentes y una cultura
institucional basada en el respeto mutuo.
La educación jamás puede construirse sobre el miedo. Un niño
que teme a su maestro difícilmente aprenderá con libertad. Una adolescente
humillada frente a sus compañeros no solo recibe un golpe físico; también puede
sufrir consecuencias emocionales que la acompañen durante muchos años.
Defender los derechos de la niñez no significa desconocer la
importancia de la disciplina escolar. Significa comprender que la disciplina
debe ejercerse dentro del marco de la ley, del respeto a la dignidad humana y
del interés superior del niño. La autoridad verdadera nace del ejemplo, del
conocimiento y del liderazgo moral, nunca de la agresión.
Espero que las autoridades competentes desarrollen una
investigación objetiva, respetando el debido proceso y garantizando justicia
para todas las personas involucradas. Pero, más allá de las responsabilidades
individuales que se determinen, este caso debe convertirse en un punto de
inflexión para fortalecer una educación basada en el respeto, la convivencia
pacífica y la protección integral de nuestros niños, niñas y adolescentes.
La sociedad hondureña merece escuelas donde se enseñe con
firmeza, sí; pero siempre con humanidad. Porque educar no consiste en imponer
por la fuerza, sino en formar personas libres, responsables y respetadas en su
dignidad.
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